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De la sórdida serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»

R. L. Stine: «Una novela a la semana, ¿os parece poco sobrenatural?»

Actualidad |

Pesadillas

«Fue el Stephen King del público adolescente; gozó la efímera fama de Stieg Larsson y batió el ritmo de producción de una Agatha Christie», nos cuenta el afortunado editor George Spelling, desde su despacho en un picudo ático del barrio colonial de New Hampshire. Él publicó las novelitas de terror juvenil de la serie Pesadillas (Goosebumps en el inglés original), firmadas por R. L. Stine. «Pueden ver las rúbricas en los contratos», dice, masticando un cigarro. «Son todo lo que verán de él. Yo fui su editor durante 10 años y jamás tuve el honor de su visita.»

Cumplido el plazo de 10 años, a ritmo de una novela publicada por semana, R. L. Stine debió de ir una mañana a actualizar la libreta de ahorro, se dio cuenta de que era rico y se retiró a la costa oeste. Hemos podido hablar con John Modlevich, que se encargó de la mudanza. «Stine se empeñó en hacer todos los viajes de noche. Movimos sus escasas pertenencias de la cabaña en el bosque donde escribía a su actual finca en California. Recuerdo una cama muy ancha y un espejo en forma de U. Él permaneció en el umbral de la cabaña, que no vimos por dentro, asomando sólo medio cuerpo. ¿Qué más puedo recordar?», dice Modlevich, haciendo memoria. «Ah, sí: era zurdo. Miren cómo firmó la factura.»

Stine no sale de casa durante el día; no habla; no da señales de vida, salvo cuando toca el órgano («con extraordinaria habilidad», recalcan los vecinos).

El arquitecto Donald Graw, de San Francisco, recibió el encargo de acondicionar la finca al gusto del nouveau riche literario. Declinó la oferta. «Estoy acostumbrado a trabajar para excéntricos; he erigido peristilos en dormitorios y jacuzzis en cocinas. Pero lo que me propuso Stine no atentaba sólo contra el buen gusto: violaba el orden natural.» Y aquí, el arquitecto Graw cuelga el teléfono.

Los vecinos son igualmente parcos en palabras. Stine no sale de casa durante el día; no habla; no da señales de vida, salvo cuando toca el órgano («con extraordinaria habilidad», recalcan). Sin embargo, le llaman «el escritor manco», porque nadie puede corroborar que tenga dos brazos: siempre asoma a la ventana de lado, y sólo se le ve el derecho («¡No!», protesta una vecina, «¡es el izquierdo!») Se habla de una enfermedad, o una malsana deformación. Hay quien le ha vislumbrado por la noche con un bulto antinatural en el hombro...

Sólo nos quedaba, a estos intrépidos reporteros, entrar en la casa de R. L. Stine. Hallamos la puerta abierta. A la luz del candil vimos el órgano de tubo, de teclado inabarcable. Vimos el espejo en forma de U, dos peines y dos cepillos de dientes. Pero, R. L. Stine vivía solo... ¿O no? De pronto, recordamos que en los contratos de edición figuraba la rúbrica de «R. Stine»; pero en la factura que nos enseñó Modlevich firmaba «L. Stine»... por cierto, con la izquierda. ¿Y si el escritor no es manco, sino ambidextro? El hombre capaz de controlar dos brazos con igual destreza, de abarcar un teclado de dos metros de ancho... ¿o de escribir una novela con cada mano, lo que explicaría su productividad? Un cerebro capaz de trabajar en dos argumentos igualmente obscuros y retorcidos... ¿O dos cerebros independientes, con control sobre un brazo cada uno?

Oímos la puerta. Vamos a verle, o a verles. Tenemos miedo, señor Stine, pero usted nos enseñó a mantener los ojos abiertos hasta el final.

(Basado en el cuento de J. L. Borges, «There Are More Things» (El libro de arena, 1975)

Casa encantada


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