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De la bélica serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»

Hawkeye, de ‘M*A*S*H’: «Debí pedir que me traspasaran a ‘Urgencias’»

Actualidad |

Alan Alda Hawkeye MASH

Acostumbrados a volar en turista, lo de las ocho horas en la bodega de un transporte militar entre pipiolos españoles camino de Afganistán no nos ha molestado mucho. El aterrizaje en el cuartel al sur de Kabul, ha sido aceptable. El viaje en jeep hasta el frente septentrional, una sauna. El helicóptero para sortear las montañas, vertiginoso. El descenso en cuerda sobre el campamento, brevísimo: al llegar abajo habíamos pulverizado todos los récords de velocidad y varios huesos importantes de las extremidades. Estamos de suerte: la lesión nos facilitará el camino hacia el médico de la base: Benjamin F. Pierce, más conocido como el Hawkeye de la serie M*A*S*H.

—Me encanta atender a pipiolos —exclama Hawkeye cuando nos ve llegar en camilla a su tienda, a cuya sombra se ha apalancado entre un ventilador y una caja de cervezas a ver los musicales de la tele indostaní—. Caída del helicóptero, ¿eh? No me digáis más: españoles, ¿verdad? ¡Qué graciosos! Uh, incluso hay una chica —se alegra el doctor, viendo a nuestra fotógrafa—. Hola, preciosa. Vaya, qué carácter. Ahora que lo veo, ¿tu dedo corazón suele apuntar en esa dirección tan poco habitual, con la uña para adentro? Espera, que te lo enderezo. (Crujido de huesos, gritos, retahíla de insultos y juramentos mascullados.) Caray, nena, ese lenguaje es fuerte incluso para los marines. Joder, ligar en la enfermería ya no es lo que era.

Lo que es decir mucho, viniendo del ligón más impenitente del ejército: un hombre que en su estancia en Corea del Sur sedujo a la mítica «Morritos Calientes» entre extracciones de balas, batas ensangrentadas y los delirios de heridos saciados de morfina. Y esa fue sólo una de sus presas.

—Como escenario romántico, la enfermería de un campamento militar ha perdido mucho —nos relata Hawkeye distraídamente mientras nos va restaurando las articulaciones, obviando nuestros gritos—. Tendríais que haber estado en Corea: un paraíso. Cerca del mar, selva tropical... ¡y menudas nativas! El ambiente invitaba al relax. En el tiempo de coserle un balazo a un telegrafista, ya le habías sacado el número de teléfono a la segunda cirujana. Pero estas guerras del siglo XXI... ¡Buf!

Hawkeye se enjuga el sudor y mira por la rendija de la tienda a la arena ardiente:

—Para empezar, si me preguntáis como capitán, este es el último país al que habría venido. Desierto, montañas, un solaco de petar las piedras... ¡y las tías en burka parecen la Barbamamá! Y el trabajo... ¿Creéis que esas armas modernas que usan aquí dejan mucho quehacer al médico? En vez de camillas, voy a recogerlos con cubo y bayeta. Y a los que puedes tratar... Creedme, no hay manera de seducir a la enfermera mientras le sacas a alguien metralla de los pulmones. Te pones perdido.

Con un par de tijeretazos, en contraste, Hawkeye termina de vendarnos las heridas limpiamente. Nos ayuda a incorporarnos (bueno, a la fotógrafa; los demás, considera que podemos apañarnos) y nos acompaña de vuelta al helicóptero.

—Yo también dejaré el ejército en breve. Igual vuelvo a la medicina civil. Debí hacerlo hace tiempo, cuando me ofrecieron traspasar a aquella otra serie, Urgencias. Ese tal Clooney sí que sabe montárselo.


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