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De la inexpugnable serie ‘Qué Fue De’

La Aldea del Arce: «Población no apta para diabéticos»

Actualidad por Edgar |

Aldea del Arce

A la entrada de la Aldea del Arce hay un letrero que dice «Población no apta para diabéticos.» Y hacen bien en advertirnos. Porque si la masificación de mamíferos achuchables, campos floridos y arco iris en cielos despejados resultaba empalagosa ya por televisión, la visita en vivo a este pueblecito, en una isla perdida a pocas millas de Japón, puede causar un shock hiperglucémico. Por si acaso, cuando la Máquina del Misterio pasa por el molino de la familia Topo, los repartimos inyecciones de insulina.

Estamos tentados de usarlas en casa de Patty, la conejita, que nos ofrece té con leche y pastelitos de arándanos con nata —«me los regala expresamente el pastelero, el lobo Gretel», cuenta Patty, puntuando la frase con un candoroso sonrojo—, todo servido en un juego de té que hace parecer marimacho a Barbie. Y todo esto sucede en la sala de estar de los Conejo, cuyo patriarca, por desgracia ya no está entre nosotros.

«Papá dejó la oficina de correos al año de instalarnos en la aldea —explica nuestra anfitriona, saturando de azúcar su propia taza—. Como aquí tenemos la costumbre de escribir las cartas en papel perfumado, y hasta los avisos del banco huelen a jazmín, papá acababa mareándose. Así que pasó a ser el molinero del pueblo, después del tonto accidente industrial que tuvo el señor Topo con la harinera. Hizo fortuna y nos ha ido muy bien.

Cabe decir que, en boca de Patty, incluso las palabras ‘accidente industrial’ suenan a simpática melodía de xilófono. Pero, de pronto, un genuino gesto de contrición enturbia sus centelleante mirada: ¡nos hemos quedado sin pastelitos de arándanos! De inmediato manda al criado a preparar más. El criado, por cierto, es el señor Wombat, un raro marsupial australiano. El servicio, ya se sabe, suele venir de fuera.
Qué mejor prueba de que las cosas le han ido bien a la familia Conejo. Pero, como siempre en la Aldea del Arce, el drama acecha en la forma más inesperada: ¡no hay más pasteles de arándano en todo el pueblo! Siempre afable, aunque con autoridad, Patty hace venir al pastelero. «Mientras tanto —nos insiste— tomen más leche: ¡me la regala expresamente la señora Vaca

Dado que preferimos no pensar en si un animal antropomórfico como los que pueblan la Aldea del Arce se ordeñaría a sí mismo (¡brrr!) o si la señora Vaca se hace ordeñar por su marido (¡brrr^2!), bebemos la leche a sorbitos cortos y distraemos la espera pensando por qué en la familia Vaca tomaron el apellido por el lado materno. Alguna turbia historia habrá detrás. Pero pronto nos aparta de estos pensamientos el Lobo Gretel, visiblemente compungido, tan cabizbajo como si se avergonzara al mancillar el burgués recibidor de la familia Conejo.

—Señorita Patty, no sabe cuánto lo lamento... ¡La familia Oso me ha pedido dos docenas de pastelitos esta misma tarde! ¡No tengo más ingredientes! ¡Mis propios hijos llevan dos semanas chupando la bayeta del fregadero para que no falten los pasteles! ¡No sabe cuánto lo siento!

Nosotros mismos empezamos a sentir las lágrimas desbordando los párpados, pero Patty no se deja intimidar. Su reproche a Gretel nos recuerda a los viejos tiempos, cuando el lobo era la oveja negra, la única nota disonante en la armonía de una comunidad idílica, y los niños de la aldea le aleccionaban.

«Ah, Gretel, Gretel. Siempre el mismo pillastre. Te apartamos del mal camino, te ayudamos a abrir esa pastelería, después de que el antiguo pastelero, el señor Mapache, sufriera aquel triste accidente industrial... Y ahora vienes a mí a decir: “Señorita Patty, no tengo más pastelitos.” Y lo dices sin ningún respeto. No como un amigo. Vienes a mi casa, el día que vienen a entrevistarme, y me dices que no tienes más pastelitos.

«Pero —tartamudea el lobo—, los Oso...»

«¡Gretel! ¿Qué he hecho para que me trates con tan poco respeto? —lamenta Patty— Si hubieras mantenido mi amistad...»

Pero el monólogo peliculero es interrumpido de pronto por el Señor Wombat, que entra en ese momento con un herida de cuchillo en el vientre y manchando la coqueta alfombra del recibidor, aventajando a la muerte apenas lo bastante para tartamudear:

—Señorita Patty... los Oso... Han roto la tregua.

Entonces cae muerto. Y Patty emite un desconsolado y boquirredondo ¡oh! de pena, antes de levantarse, descolgar la escopeta de caza y murmurar: «Bobby Oso, ¿cuándo aprenderás a no desafiarme?»

Nosotros abandonamos la Aldea poco después, a bordo de la máquina del misterio, oyendo disparos en la dirección del pueblo que se hunde en el horizonte. Shabalele, shabalá.


22 comentarios

  1. Avatar

    pantera86 · 25/06/2011

    no es apto para diabetico por que da alta subida de azucar por ven que son muy dulce ......jajajajajaja

    VOTOS: 5 BUEN ROLLITO: +15

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