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La terraza de un bar se expande hasta el comedor del vecino de enfrente

El propietario del piso intenta hablar con el camarero pero no le hace caso

¡Manda güevos! por Joan Lerroux |

terraza

Pere Badia, vecino del barrio de Gràcia de Barcelona, observaba cada año como las terrazas de los bares de delante de su casa invadían cada vez más espacio público. Lo que no podía imaginarse era lo que le sucedió la semana pasada. Al levantarse por la mañana, se encontró tres mesas y doce sillas su comedor. La terraza se había expandido hasta el interior de su casa.

Lo peor de todo es que este pobre ciudadano no ha conseguido aún ninguna explicación para este fenómeno. “He intentado llamar al camarero pero en verano van tan liados que no me hace ni caso. Incluso llegué a sentarme en una de las mesas para tomar una cerveza de mi frigorífico y lo único que hizo fue echarme de malas maneras por consumir productos no adquiridos en el bar”, asegura Pere Badia.

El segundo encontronazo se produjo dos días después. Badia se disponía a usar el lavabo de su propia casa cuando un camarero distinto le señaló con malos modos un cartel en el que se indicaba que solo los clientes podían usar el baño. Aunque intentó pedirle unas aceitunas para poder solucionar la urgencia, no hubo manera de entenderse con el camarero, que no hablaba ni castellano ni catalán. Esta es una reciente aunque muy extendida costumbre en el sector de la restauración barcelonesa, que sustituye a la antigua moda de los camareros argentinos.

Unos días más tarde, al volver al trabajo de casa, dos mesas y unas sillas se habían sumado a las primeras. Pero lo más sorprendente fue encontrarse un pack de seis cervezas escondidas en el cubo de la basura. Al instante llegó un ciudadano de origen pakistaní que recogió las bebidas y las vendió a unos guiris que circulaban por el pasillo de la casa de Pere Badía como si fuera la calle. El anfitrión, resignado a convivir con la situación, le ofreció al pakibirra la opción de guardar las cervezas en la nevera, pero prefirió usar la basura o, en su defecto, la taza del váter. Argumentó que a falta de cloacas en las que guardarlas, esos dos son los únicos espacios que le confieren a las cervezas el toque especial.

Por desgracia, la historia tiene un desenlace trágico. Durante la siesta del pasado sábado Pere Badía fue despertado a gritos por dos clientes que, según aseguraban, llevaban esperando al camarero más de media hora en el comedor de su casa. Para aplacar su furia les tomó noto y les sirvió con lo que tenía en su propia cocina. La policía, que hasta el momento había hecho caso omiso de sus quejas por invasión de su propiedad, llegó dos horas después del incidente y se lo llevó detenido por vender comida y bebida sin disponer de licencia de bar. Para ser que los responsables de denunciar al señor Badia fueron los propietarios de la terraza, que ayer llevaron varias mesas y sillas al dormitorio y estudio del inmueble del preso.

 


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